Hay historias que empiezan sin plan previo. Un sábado cualquiera, sin mucho que hacer, y una decisión sencilla: ayudar. Así comenzó la experiencia de Marco, un joven de 20 años de Savona, que sin formar parte de la pastoral juvenil ni de ninguna organización concreta, decidió sumarse como voluntario durante la visita de los jóvenes madrileños al puerto de su ciudad.
«Porque no tenía nada que hacer este fin de semana… entonces, bueno, ayudamos». Lo dice con una sonrisa generosa. Nada de discursos elaborados, solo una disposición abierta y auténtica. Pero en esas palabras sencillas hay una verdad grande: a veces, los gestos que parecen pequeños abren puertas inmensas.
Marco estudia, tiene su vida en marcha, y como tantos jóvenes, también sus dudas y búsquedas. Pero este fin de semana quiso hacer algo distinto. Le pareció «bien chido», como aprendió a decir en México, país donde aprendió el castellano. Y así, entre idiomas mezclados, tareas sencillas y muchas risas, se encontró formando parte de algo más grande.
Ayudó a organizar espacios, charló con los jóvenes de Madrid. Y aunque él no iba en camino a Roma, se sintió profundamente parte del viaje.
«Lo importante es estar juntos», repite. Una frase breve, pero llena de verdad. Porque la experiencia de voluntariado no se mide en horas o tareas, sino en encuentros. En las conversaciones durante la cena, en un gesto de bienvenida, en el cansancio compartido al final del día.
Un Jubileo inesperado
Marco no esperaba vivir un Jubileo. Pero algo de esa alegría, de esa esperanza, de ese impulso interior que mueve a tantos peregrinos, también le alcanzó. «No conocía mucho de esto», admite, «pero ver cómo la gente se une por algo bueno, cómo vienen con ilusión… eso contagia».
En medio de un mundo que a veces parece dividido, hostil o indiferente, Marco encontró algo distinto. Un espacio donde colaborar tenía sentido, donde hablar con desconocidos no daba miedo, donde compartir un bocadillo podía abrir una conversación de fe o de vida.
Y aunque él no lo diga en esos términos, su testimonio tiene el peso de los actos auténticos: lo importante no es tanto lo que sabías antes, sino lo que decides hacer con lo que se te presenta.
El sello que queda
El paso de los jóvenes por Savona fue breve, pero dejó huella. Y Marco también la dejó en ellos. Porque cada vez que alguien se ofrece desde lo cotidiano, desde lo espontáneo, se construye algo sólido: una comunidad. Un momento de Iglesia. Un pedazo de esperanza.
Quizá mañana Marco siga con sus estudios, su rutina, sus fines de semana sin mucho que hacer. Pero algo ha cambiado. Y quizá la próxima vez que vea un grupo de jóvenes cantar en otra lengua, o un autobús con mochilas llenas, sepa que esa alegría también le pertenece. Que también fue pregonero de esperanza.